domingo, 13 de septiembre de 2009

Control de castidad


Existen muchas formas de torturar a un esclavo. La mayoría de ellas no se limitan al dolor: si fuera así, el bdsm sería una práctica muy pobre. Es más, el dolor sólo es un complemento más para mi mente perversa. El verdadero sufrimiento del esclavo parte siempre de mi control absoluto sobre su persona, rebajándole al más vil reptil que se arrastra entre mis botas.

De nuevo tengo a mis pies a Freya, esa putilla fiel y salida que haría cualquier cosa por mi con tal de que le deje lamer un centímetro de mis tacones. Gracias a las marcas en sus nalgas en la anterior sesión ha aprendido la lección y, esta vez, lleva varios días sin tocarse. Hoy Freya es un perro, no una puta, un perro en celo cuya excitación es evidente a simple vista. La orden de castidad a surtido su efecto. Freya es pura libido y su piel echa chispas en cuanto la acaricio con mi fusta. Su personalidad esta enteramente a mi disposición, apenas puede hablar y pensar, todo él se reduce a una polla ardiendo. En ese estado decido jugar con él, ya he conseguido la mascota de mis deseos. Su babosa lengua lame con furia mis botas, su boca besa mi cuerpo con absoluta devoción. Pero, cuando el grado de excitación llega al máximo, me aparto y le dejo con la miel en la boca. No dejo ni que me roce, y si lo intenta se lleva una buena bofetada. Sus ojos me miran suplicantes y su sexo está a punto de estallar. Se que un roce de mi mano hará que se corra pero, no le dejo; y sabe que si lo hace el castigo será implacable. Por eso aguanta y sufre los espasmos de su libido desbocada sin poder hacer nada. Los golpes de fusta ya no son nada para mi perro, sólo piensa en adorarme y correrse, y mis negativas duelen más que cualquier latigazo. Estoy muy contenta con el adiestramiento, tengo ante mi una mascota sin voluntad ni fuerzas para desobedecer, me basta un gesto con mi fusta para dejarlo ahí tirado. Un susurro y se lanzará a besar mis pies con su miembro erecto a la espera impaciente de que su dueña le deje correrse. Una palabra y recibirá todo lo que le de. Apenas he utilizado mi látigo y a mis pies sólo hay un objeto para mi deleite.

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