domingo, 15 de noviembre de 2009

Sesion conjunta



De nuevo tengo a mis pies a mi perro Freya. Esta vez vengo acompañada de Lady Lorenna, una joven mistress a la que le apasiona marcar bien las nalgas de mis esclavos. Por eso le he traído a Freya, porque se que esa perra podrá satisfacer los crueles y sádicos deseos de mi compañera, Freya todavía no sabe los oscuros túneles que todavía tiene que cruzar una vez ha entrado en mi cuadra personal.

Enfundada en unas altísimas botas de látex, la bella Lady Lorenna ordena que Freya comience a adorarla. Mi perro sabe que debe emplearse con ella como si de mi se tratara, y bajo mi mirada vigilante, comienza a lamer las botas de mi amiga con autentico arrojo. Mientras el perro hace su tarea, lady Lorenna y yo intercambiamos una mirada cómplice. Nos sonreímos y tácitamente decidimos que hoy Freya va a ser nuestro sádico juguete. Se que Freya debe subir el nivel y acceder a escalones superiores hacia mi adoración, por eso, de la mano de mi compañera no le vamos a dejar ni un respiro. Cogemos cada una el instrumento que nos apetece: fustas, varas, látigos. Lady Lorenna comprueba, cruel y silenciosa, las virtudes masoquistas que le he contado de Freya. No tarda mucho en sacarle gusto en castigar a esa perra y, casi sin descanso, vamos dibujando un bonito cuadro en sus nalgas.

Entre castigo y castigo dejamos que su culo descanse, pero sólo su culo, porque enseguida se nos ocurren nuevas formas de prolongar su castigo mientras se prepara para otro periodo de spanking. Me siento encima de su cara, Lady Lorenna ata con fuerza sus testículos hasta que los genitales quedan morados y duros como una roca. Le pinchamos, pellizcamos sus pezones, apretamos más aun las cuerdas. Hasta que los gemidos llorosos de Freya surgen de entre mis muslos. Pero no paramos, se que cuanto mas le duele mas se excita y me adora; Freya llora pero se abraza a con fuerza a mis piernas y va pidiendo más.

Volvemos al spanking, colocamos al esclavo a cuatro patas y mientras adora los tacones de una, la otra le propina golpes con la vara inglesa. Cada vez son mas fuertes y seguidos, Freya gime y se arrastra de dolor abrazándose a las piernas de sus amas en un gesto situado entre la suplica, la excitación y la veneración. Se que está sufriendo, pero también se que cuanto más gime más disfruta, noto en su abrazo como todo su cuerpo es pura sensibilidad orgásmica, como en cada sesión lo ato más a mis caprichos. Es en el punto en el que parece que no aguanta más cuando surge a la luz toda su alma sumisa y cuando yo alcanzo el clímax como domina. Mi esclavo convierte su ser en algo inmediato, al margen de la vida y la muerte, en puro dolor, sumisión y adoración; en nada. Y yo me siento como la dueña absoluta de su destino, de su ser, de cada una de sus terminaciones nerviosas; no soy su ama, soy su diosa.

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